No cabía la noche, está se desbordaba, su inapelable culpa era sólo culpa, no había más.
Los fetiches atrapados, no emitían destellos, no había esperanza, las generaciones se habían terminado, las piedras por fin eran comestibles y nadie las arrojaba contra los demás, la indiferencia se había hecho.
Cuando una esmeralda germinaba esta se guardaba para un posible acto de celebración, lo que ocurría es que las personas no tenían nada que celebrar, nadie deseaba el reencuentro.
Los recién nacidos eran abandonados en madrigueras rodeados de silicatos y areniscas, cuando crecían su olor de terrones secos hacía de ellos raíces. Más tarde serían campos infértiles y agrietados, para terminar deshaciéndose en la época de lluvias y destrozando cuanto encontrasen a su paso.
No había muros ¿para qué?...
SI LO DESEAS PUDES TERMINARLO HE TENIDO QUE COMERME MI ÚLTIMO LÁPIZ.


